Mostrando entradas con la etiqueta Traspasos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Traspasos. Mostrar todas las entradas

viernes, 19 de junio de 2009

Desconectarse

Dos veces al año Ray necesita salir de su vida y permanecer perdido durante horas. Ni su mujer ni nadie que lo conozca bien le pregunta luego dónde ha estado o por qué no ha respondido a sus llamadas. Ni siquiera ya lo intentan; saben que Ray se pierde sin llevarse consigo ni un problema ni un sueño. Nada, se va vacío.

Ray coge el coche y empieza a conducir en cualquier dirección. Incluso a veces lo ha dejado en una estación de alguna ciudad vecina y ha preferido un tren o autobús. Cualquier sitio es bueno para dejar atrás todo el peso de una vida. Cuando circula ya sea de día o de noche no piensa en nada, salvo en alejarse lo más que pueda de su familia, de su trabajo, de su entorno.

Entonces llega un momento que encuentra un lugar donde sentarse, donde esperar. Ray espera durante horas, igual llega al día siguiente mirando al frente. Cualquiera que lo vea creerá que está pensando, que está ideando cómo acabar con su mujer, o iniciar un negocio, o reencontrarse con su primer amor. Pero no, Ray permanece completamente hueco esperando a volver a su vida. En cualquier momento se levanta y deshace el camino hecho hasta ahí para volver a su casa, a su trabajo, a su rutina.

Vuelve y todo siempre sigue igual donde lo dejó. Ahora ni su mujer le pregunta dónde ha estado, ni en el trabajo le recriminan que ha faltado un día, dos... ni nadie le echa en cara que le ha estado llamando y no ha contestado. Todo su mundo sabe que Ray necesita desconectarse para seguir viviendo otra temporada más.

sábado, 30 de mayo de 2009

El deseo de ser normal

Muy buenas tardes por la mañana.

Me dirijo a ustedes porque no sé a quién he de acudir, y como en una primera instancia veo que se atendieron a mis peticiones vuelvo a molestarles para que deshagan mis deseos. No todos, solo el último, que me salió rana (aunque a ver quien es el listo que sabe lo que quiere).

Hace algún tiempo, quizás dos, les pedí por favor que no me dejaran enfermar nunca más. Verán, mi misiva fue escrita tras una indisposición y a bote pronto, nada más lejos de la objetividad. La verdad es que soy muy mal enfermo y pude llegar al punto de exagerar un poquito. Acostumbrado a que nadie me haga caso (de hecho no tengo ni DNI, ni me hacen encuestas telefónicas, ni los coches se paran al cruzar los pasos de peatón) no esperaba tal resultado, pero mirando hacia atrás parece ser que no he vuelto a coger un simple resfriado, ni venéreas, ni almorranas, ni siquiera me he tropezado más, y hasta he recuperado vista y altura. Como empiezo a estar muy cansado de estar siempre verde y fresco cual pepino me dirigía a ustedes para que me volvieran al estado anterior, a saber el de ser vulnerable pues es muy duro ver que los demás se cogen días por baja y llegan a viejos y yo no.

Sé que su empresa se dedica a fabricar palos de bandera (mástiles o soportes como ustedes prefieren decir) que nada tiene que ver con dar o quitar un deseo a un infeliz, incluso a alguien que ni existe para los demás. Pero ya les digo que si pueden hacer algo por revertir la situación les estaré muy agradecidos. De hecho había pensado en hacer una aportación a la fundación que tengan adoptada o enviarles un salchichón de mi pueblo, que está muy bueno según dicen.

En cualquier caso si no pueden hacer nada, o la persona encargada de otorgar/derogar deseos está de baja u ocupada, agradecería que me lo comentaran para ver si puedo hacer algo por otra parte, que seguro que empresas las hay a miles, y más en otros países.

Ah, y si encuentran mi primera carta, destrúyanla que a lo mejor consigo ponerme enfermo así. Cuenten con el salchichón en ese caso.

Buenas noches por la tarde.
Agradecido, otra vez yo.

sábado, 21 de marzo de 2009

La mirada del tren

Ni siquiera él sabe cuánto lleva ahí, sentado en un vagón cualquiera de un tren anónimo de un día entre semana. Los ojos fijos en la mujer que tiene delante no están mirando su cara, ni sus curvas, ni el periódico de esta mañana. No, ya no mira a ninguna parte; sus ojos se han convertido en ojos asépticos de plástico.


A lo mejor lleva horas en esa posición, pero nadie se ha dado cuenta: seguramente ni él sabe dónde está ya, sin destino ni recuerdos. Ya ni se acuerda de la llamada al móvil que lo ha dejado sentado ahí. Mejor no acordarse que hasta ese momento era un hombre común sin problemas importantes, con sus pequeños sueños de hombre corriente. ¿Y ahora qué? El tiempo se ha quedado parado en ese tren en marcha. Quizás lo mejor sea ver a dónde le lleva, quién lo recoge.

La mujer se apea y en su lugar dos chicas se sientan delante. Ya pueden estar riéndose de él que Isaac sigue congelado, mirando sin ver. En otra ocasión hubiera aprovechado para distraerse con sus tonterías colegialas, pero ya no es el mismo. Mientras tanto el tren sigue avanzando dejando atrás pueblos, campos, polígonos industriales, más pueblos, más mujeres, chicas, abuelos, más pueblos...

El tren de Isaac se paró al descolgar el teléfono. Un simple lo siento mucho, se ha confirmado lo que intuíamos lo dejó sentado en su quietud. Nueve palabras sirvieron para cambiarle la mirada, la vida entera. No esperó a oir más, el teléfono en la mano se quedó como testigo sordo del crímen.


Finalmente el tren llega al final de recorrido, hace una pausa de media hora y reinicia travesía en sentido contrario. Entra una mujer con su hija que se sientan delante, luego otra mujer, otro hombre... Isaac sigue mirando adelante, atrás de antes con sus ojos de muñeco atrapado en un cuerpo cansado; y el tren sigue recorriendo pueblos, campos, vidas y vidas. El tren avanza, el tren no para.

sábado, 20 de diciembre de 2008

La ciudad de mis noches

La noche entera en forma de brisa choca contra mis mejillas. Cada giro, cada vuelta de esquina la renuevo; me recuerda todos esos años que vengo recorriendo la misma ciudad, en especial en esta época del año que circulo con la ventanilla bajada. Sé que si me paro el calor del asfalto me dormirá en un pesado letargo; las calles quietas de las noches más cortas me animan a seguir adelante, a no frenar.

No hay día que no descubra un nuevo detalle, un cambio, un nuevo enfoque. La ciudad está viva, incluso bajo esta luna de verano, incluso con cualquier forma de vida despistando su calor, su asfíxia.

Me deslizo con mi viejo coche entre las vísceras de sus barrios. Con este mismo coche que ha sido testigo mudo de mi vida. Me ha visto en peligro, me ha visto llorar; me ha alimentado e instruído, y hasta me alojó entre sus brazos cuando mi apartamento me dejó en la pena.

Corro por mi ciudad entre la noche, sin rumbo fijo. Solo sé que he de seguir adelante, circular a algún punto que nunca llega. Hacia un destino que a cada momento cambia de destino. Cada día par al anterior: hasta que el sol me avisa que es momento para posponerlo todo.

Entonces paro mi noche, lo aparco todo; esté donde esté vuelvo andando hasta mi habitación.
Y duermo.