sábado, 24 de enero de 2009

Nacer muriendo

Hola Pedrito, Pedro.
Te escribo deseando que estas lineas no te lleguen nunca; si es así es que ya ha pasado suficiente tiempo como para que lo entiendas todo, que nunca he estado ahí pero es lo que más me hubiera gustado. Ahora mismo faltan unas semanas para que nazcas, y según los médicos existe un gran riesgo para los dos. Nunca les he hecho caso porque te necesito, quiero verte conmigo aunque ello represente jugárselo todo a una sola carta.
Seguro que te han asaltado muchísimas preguntas todo este tiempo y nadie te ha podido dar respuestas. Para empezar por qué tu madre te puso de nombre Pedro. Verás, así se llama o llamaba tu padre. Aunque las circunstancias hicieran que nunca pudiéramos llevar una relación normal y corriente has de saber que nos quisimos muchísimo, que todo a nuestro alrededor prendía cuando nos acercábamos. Que con solo mirarnos podíamos saber qué pensaba el otro. Supongo que el hecho de que Pedro estuviera casado impedía cualquier acercamiento a la normalidad. Pero aun así fuimos felices. Tan solo estuvimos juntos un par de noches, pero si me estás leyendo el resultado fue extraordinario: eres todo el amor que fuimos.
Por miedo a truncarle la vida nunca le dije que estaba embarazada. Desaparecí de su vida, de mi vida y me marché de Barcelona. Desde aquella noche nunca he dejado de pensar en él, y sé que aun la distancia seguimos deseándonos el uno al otro.
Si me estás leyendo es que los médicos tenían razón y no he aguantado el parto. Seguro que sales a tu padre porque me han dicho que eres enorme.
Es curioso, aun no has nacido pero ya te pido un favor: vuelve a Barcelona, busca a tu padre, dile quien eres y sobretodo dile que le quise, le quiero y si no le querré más es porque morí.

La habitación es tan gris como estéril, sin detalles, sin vida. De hecho la única vida que hay dentro es la del propio Pedro. Y a sus pies llace ella, estirada, blanca; parece tranquila, como si la noche anterior no hubiera sido protagonista de una guerra por dar luz a su propio hijo. Muestra una sonrisa relaja, como si supiera que su Pedrito está libre de peligro.
Pedro ha acabado de leer la carta y se sienta en el sillón que hay en una esquina. Está profundamente aturdido, agotado. No entiende cómo ha llegado allí. Por primera vez en su vida se siente libre para estar junto a ella; sin embargo la sabe más lejos que nunca.
No hay vuelta atrás.

Pican a la puerta y entra un doctor que sin mirarle a los ojos se presenta. Detrás de él ha entrado una enfermera joven que no disimula su gran curiosidad con unos grandes ojos.
-Buenos días, soy el Doctor García. Cómo se encuentra?
-Pues... no sabría decirle...
-Entiendo que se encuentre un poco aturdido, la experiencia es realmente fantástica.
-Fantástica? Lo único que sé es que he encontrado a la mujer que amo y está muerta en esta cama.

-El parto fue realmente duro. Ha de saber que llevar a término un embarazo de sus característica es físicamente imposible, pero a veces existen milagros.
-Qué características? Doctor... explíqueme!
-Vamos a ver... realmente usted no se acuerda de nada?

-No, no sé ni por qué voy con un pijama del Hospital.
-Es difícil de explicar. Tengo una gran experiencia pero en la vida había asistido a un caso parecido. Hace dos días su... la señorita Blanch ingresó con un trabajo de parto muy avanzado. Después de varias horas se le tuvo que practicar una cesárea pues era incapaz de continuar con un parto natural. La operación se complicó y la señorita Blanch falleció por un shock hipovolémico. Y... aquí está usted.
-Cómo que aquí estoy yo? Cómo llegué?
-La señorita Blanch le dio a luz. Usted es su hijo.

Pedro se le queda mirando, incrédulo. Su memoria, los años vividos amándola en la sombra, sus recuerdos... todo contradice las palabras del médico. Es imposible, cómo ha acabado de nacer si incluso la enfermera es menor que él?
-Mire, debe ser una broma o estoy fatal de la cabeza, pero ambos sabemos que no puedo haber nacido hace unos horas. Pero no me ve? Acabo de descubrir que la mujer que amo está muerta y además esperaba un hijo mío!
-Entiendo que parezca increíble; yo mismo le he dicho que es fantástico. Por eso mismo me gustaría que se quedase ingresado para estudiar su caso. No cabe decir que podrá disfrutar de todos los recursos del Hospital.

La enfermera que había estado en un segundo plano no puede continuar conteniéndose y salta:

-Pedro, usted la quería, verdad?
-María, a qué viene ésto?
-No se da cuenta? La vida le ha dado una segunda oportunidad. No podía seguir viviendo lejos de ella, y ella se ha sacrificado por usted.
-Ya, pero ahora... yo no puedo seguir viviendo sin ella.

A Pedro solo le queda la carta, solo le queda buscar al otro Pedro, el que vive en la ignorancia, y decirle quién es él y recordarle quién fue ella. La mira por última vez; sigue sonriendo, sigue siendo la mujer que le ofreció todo su amor y quien le ha dado la vida.

sábado, 10 de enero de 2009

Teleparo

Pulse o diga uno si percibe que respira; dos si no respira.
Uno, UNO!
Por favor, repita su respuesta: uno si percibe que...
Uno, joder, UNO!
Ha elegido que no respira. Pulse o diga uno si han pasado menos de 5 minutos; dos si han pasado más de 5 minutos; tres para más de 10 minutos; pulse cuatro si no lo sabe.
(Todo ha pasado muy rápido, pero creo que...) Tres.
Teclee o diga el número de la edad del paciente.
Tres, tres, (y con los nervios) tres.
Ha elegido 333 años. Lo lamentamos mucho pero debido a la edad avanzada del paciente no hay nada que hacer. Para contactar con pompas fúnebres pulse o diga uno, para...
Me he equivocado! Ostia, ostia... que solo tiene 33 años! Oiga, oiga?
Ha elegido opción tres, donación de órganos.
Que no he dicho nada! Pero qué hago yo hablando con una puta máquina?
Buenos días, ha contactado con el servicio de donación de órganos del Hospital Provincial. En breves momentos le atenderá un comercial.
Cómo llamando al teleRCP he acabado aquí?
Buenos días, no se retire.
Oiga? Que no sé si está vivo! Oiga?
Su conversación va a ser grabada por motivos de seguridad...
Me parece perfecto, pero me podría volver a poner con los de paros? pero no una máquina, si no un profesional.
Ui, eso va a ser difícil, en estas fechas y con la escasez de profesionales de la salud han tenido que poner este programa informático; en cambio, ya ve, de comerciales...
Que me ponga con la puta máquina, joder, que tengo a mi hijo muerto!
Pues si está muerto, puede estudiar la posibilidad de donación de órganos? Es que verá, me pagan por comisiones, no por horas...
Oiga, yo solo quiero que me asistan para reanimarlo, no para donarlo!
Muy bien, ahora le paso otra vez con el departamento de paros. Pero si la cosa no sale bien... por favor, llámeme a este mismo número.
Dios...
Buenos días, usted o un acompañante han sufrido un paro cardiorespiratorio. Si desea reanimarse o reanimarlo pulse o teclee uno.
Uno.
Pulse o diga uno si percibe que respira; dos si no respira.
(...)

Mierda, me he quedado sin batería.

sábado, 3 de enero de 2009

Retrasarse

Había sido uno de esos días en que pasas revista a tu vida, que recuerdas cada uno de esos grandes momentos, cada logro, cada gesta. Estaba en la fiesta sorpresa de su cuadragésimo cumpleaños viendo un pase de diapositivas de todas las fotos que su familia había podido conseguir.

Ahí estaba con una bata de colegio entre varios niños, posando con todo el equipo de baloncesto, con su primer premio literario, con sus primeros amigos del bachillerato adolescente, en fiestas con sus diferentes novias, con su primer coche, con una orla tras graduarse en la facultad; y también estaban las más recientes relacionadas con su mujer, sus viajes y sus tres hijos. Se podría decir que su vida había sido tan exitosa como esperada. Una vida de folleto que te proporcionan al nacer cuando vas a una tienda donde venden vidas.

Al acabar los cinco minutos en imágenes de toda una vida a Tomás le pasan un micrófono y alguien pide que hable. Mira sin ver, está mucho más nervioso que cuando tiene que hablar en las mesas ovaladas de la empresa. Esta fiesta le ha emocionado realmente, le ha hecho darse cuenta de todo lo que tiene. Seguro que entre los presentes la gran mayoría querría cambiarse por él.

De su boca salen a penas dos letras cuando suena el timbre de la puerta. No puede ser nadie, pues todos están dentro. Él mismo abre la puerta a un mensajero que le entrega una carta del Ministerio de Sanidad. No se da cuenta que lleva aun el micro en la mano cuando empieza a leer:

"Rogamos póngase en contacto con su médico de cabecera tan pronto como sea posible pues se le ha detectado un retraso mental importante que quizás lleve consigo desde que nació, pero por razones desconocidas nadie nunca ha detectado."

Al acabar las últimas palabras Tomás se queda con los ojos perdidos en el horizonte de amigos y familiares estupefactos. Sus caras son un poema, nadie dice nada, todos se acaban de enterar que su gran amigo, su padre, su esposo, incluso su amante, es retrasado mental. Pero ¿cómo nadie se ha dado cuenta? ¿Cómo ha alcanzado una vida llena de éxitos? ¿Es que nadie lo conocía realmente?

Tomás mira buscando refugio en sus padres y su mujer, pero ha perdido ese brillo en la mirada; posee esa dejadez expresiva que denota que algo le falta, que no es una persona como las demás. Él mismo se da cuenta, e intenta esconderse tras una lámpara que espantada cae al suelo con gran estruendo. Arrastrado por el cable se lleva consigo el paragüero y el perro que también estaban alucinando acordes con el grupo.

A unos metros su jefe y mentor no sale de su asombro. No entiende cómo pudo ascender a una persona que claramente no reune las condiciones necesarias de liderazgo empresarial. Igual el día a día, el apellido, la burocracia y el boca a boca jugaron a favor de Tomás. Un sudor frío le recorre la espalda al pensar en el lunes siguiente al tener que rendir cuentas al consejo de administración. ¿Cómo pudo poner al frente a un retrasado mental?

Justo al lado se encuentra Luisa, su última amante, no deja de negar sigilosamente con la cabeza. Si lo que más le atrajo de él fue su ingenio, su perspicacia, su inteligencia! Si ni siquiera era guapo! ¿Cómo pudo acabar con un retrasado mental feúcho y además casado?

Justamente su esposa se veía inundada por el futuro inminente de tener que cuidar a sus tres hijos sola además de un retrasado mental profundo. Ahora que lo pensaba entendía todas esas situaciones donde sus discusiones acababan con un "imbécil· o "estúpido" y él ponía cara de no saber qué estaba pasando. Le irritaba sobremanera que esas broncas no tuvieran un final normal con un jarrón roto o portazo. Sus amigas le decían que Tomás era un supermarido con una paciencia extrema, que tenía mucha suerte. ¿Suerte? ¿Suerte de no haberse enterardo que estaba durmiendo con un imbécil ni siquiera cuando dejó de estar enamorada?

Tomás miró a todos. Aun seguían paralizados. En cambio él fue levantándose del suelo poco a poco, y a medida que se incorporaba a su nueva vida dejó de preocuparse de si era un buen padre, si su rendimiento en la empresa era satisfactorio, de tener que pagar todos esos impuestos y letras, dejó de preocuparse de tener que esconder sus infidelidades, de acontentar a su mujer. Sus preocupaciones se quedaron atrás, en la carta de sus manos.

Y entonces, a sus cuarenta años y por primera vez en su vida, su corazón sonrió y entendió la felicidad de la tranquilidad
.

sábado, 20 de diciembre de 2008

La ciudad de mis noches

La noche entera en forma de brisa choca contra mis mejillas. Cada giro, cada vuelta de esquina la renuevo; me recuerda todos esos años que vengo recorriendo la misma ciudad, en especial en esta época del año que circulo con la ventanilla bajada. Sé que si me paro el calor del asfalto me dormirá en un pesado letargo; las calles quietas de las noches más cortas me animan a seguir adelante, a no frenar.

No hay día que no descubra un nuevo detalle, un cambio, un nuevo enfoque. La ciudad está viva, incluso bajo esta luna de verano, incluso con cualquier forma de vida despistando su calor, su asfíxia.

Me deslizo con mi viejo coche entre las vísceras de sus barrios. Con este mismo coche que ha sido testigo mudo de mi vida. Me ha visto en peligro, me ha visto llorar; me ha alimentado e instruído, y hasta me alojó entre sus brazos cuando mi apartamento me dejó en la pena.

Corro por mi ciudad entre la noche, sin rumbo fijo. Solo sé que he de seguir adelante, circular a algún punto que nunca llega. Hacia un destino que a cada momento cambia de destino. Cada día par al anterior: hasta que el sol me avisa que es momento para posponerlo todo.

Entonces paro mi noche, lo aparco todo; esté donde esté vuelvo andando hasta mi habitación.
Y duermo.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

El momento decisivo

Simplemente en aquel momento no me di cuenta, no lo hice; nunca llegó a pasar nada, nadie se dio cuenta y mi vida ha gastado su reloj tal y como fue programada: en una absoluta, absurda e irremediable normalidad aparente.

Pero no. Soy consciente en cada uno de mis movimientos y pensamientos que si en aquel preciso momento lo hubiera hecho hoy no sería lo que soy. Sería alguien totalmente diferente al que soy; se podría decir que no me parecería en nada.

Setenta veces me han dicho que no he de lamentarme, y menos por algo que desconozco. Pero supongo que mi carácter pesimista tiende a imaginarme una vida mucho mejor si no se sabe cuándo hubiera hecho no se sabe qué.

Así que he decidido que el año que viene viajaré hasta nacer de nuevo para revivir de nuevo todas mis decisiones importantes, incluso las intrascendentes. Quizás estando un poco atento pueda descubrir qué fue lo que hizo que sea quien soy, y qué hubiera pasado si en ese Momento Decisivo hubiera escogido avanzar en otro tipo de suerte.

Ya tengo los billetes, no hay vuelta atrás.

jueves, 11 de diciembre de 2008

La sangre del silencio

Marco su número desde lo más profundo de mis recuerdos. Sale solo. Sale aunque no quiera.
Suena varias veces; una antes de que cuelgue lo coge. No dice nada. Su silencio es una forma de preguntarme qué quiero, de mostrar su indiferencia y de decirme que acabe cuanto antes.

-Hola.
-Hola.
-Si estás ocupada te llamo más tarde.
-Más tarde estaré igual de ocupada; dime.
-No... solo quería hablar contigo, de saber qué...

Otro silencio: más corto en tiempo pero más duro si cabe que el anterior. Me doy cuenta que desde hace un tiempo dice más cosas callando que hablando. En cambio yo cada día utilizo más palabras y ya no sé qué decir. Quizás este sea el problema, que nuestras palabras nos alejan a cada uno a un lado de nuestras vidas.

-Ahora no puedo hablar, lo siento.
-Te llamo luego, entonces?
-Me has de decir algo concreto?

-Eh... bueno, nada especial, solo que necesito hablar contigo. Vamos, que me apetecía, y he pensado que quizás tú... bueno, que también tendrías ganas de charlar un rato.
-Te hubiera llamado, no crees?
-Como estás tan ocupada a lo mejor se te ha pasado.

Un silencio más. No salen palabras de su boca, o a lo mejor el ruido desgarrador de su afilada mano arrancándome el corazón borra cualquier sonido que pueda escuchar.

-De acuerdo, entiendo. Otro momento será. Que sepas que estoy por aquí.
-Vale, adiós.
-Adiós.

Un último silencio.
Éste ya dura años.

sábado, 29 de noviembre de 2008

El día que morí

Me avergüenza admitirlo pero lo primero que hice al morir fue quedarme mirando igual que los allí presentes. Era de las primeras veces que veía un muerto. Quizás la primera, y con lo joven que era me despertó el sentimiento de mala suerte que se había quedado atontado también dentro de mí, o a lo mejor aun estaba dentro de esa cabeza estirada en el suelo a cuadros.

No hicimos nada porque era obvio que no se podía hacer nada. El cuerpo, mi cuerpo, estaba totalmente destrozado. Ni siquiera conté el número de piernas y brazos por temor a no cuadrarlos. Me tranquilicé al ver que no era el único que estaba al borde de un ataque de náuseas, pero pude poner freno a mi estómago desviando la atención a un par llorando.

Seguramente era la única música que sonaba. Aunque muy pronto llegó la de la ambulancia. Por la prisa de los de blanco supe por segunda vez que no había nada que hacer. Solo se limitaron a taparme, y verme por última vez en cuerpo presente, y a consolar a ese par que seguían llorando y habían subido un par de tonos la cancioncilla. La verdad es que ya estaban cansándonos por lo que cuando hubo acabado todo fue lo segundo que hice una vez muerto: agradecérselo.

No creo que me entendieran porque se estuvieron excusando en el tráfico y la carga de trabajo en festivos y no veía ninguna relación con esas dos lloronas. De todas formas me dieron una tarjetita cuadrada con el nombre y número de sus abogados para que me pusiera de acuerdo con ellos por una posible indemnización. Sí, normalmente son rectangulares ¿verdad?

Fue lo tercero que hice. Como mi móvil se había quedado bajo la manta y me daba auténtico asco rebuscar entre mis vísceras y huesos fui hasta un teléfono público para llamarles. Una máquina me dijo que marcara 4 si había sido víctima de un mal servicio, y otro 4 si quería percibir una cantidad módica para compensar de alguna forma.

Tras pensármelo bien acepté ese 4 y tras 160 minutos de espera me pasaron con un departamento de indemnizaciones. No sé cómo pero acabé adquiriendo un seguro de vida, una enciclopedia a todo color de este mismo año y calefacción de gas butano pero en bombonas pequeñas azules. La chiquilla sabía lo que hacía y yo había empezado a asimilar todo lo que había pasado. Ahora que lo pienso bien se aprovechó de mí, pero lo pasado pasado está.

Una vez hubo acabado todo (me refiero a la llamada), limpiaron mi sangre y la mayor parte de la gente incluidas las dos malditas lloronas quedaron para verse al día siguiente para tomar una copa, me fui para casa. Había sido un día muy largo y tenía que despertarme pronto al día siguiente para recibir los papeles del seguro, la enciclopedia y al comercial del Gas.

Otro día me ocuparía de mi cuerpo, pensé.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Revivir

Realmente tuve mucha suerte. Le podía haber tocado a cualquiera, pero por una vez tuvo que ser a mí. Todo empezó hace un año: salí de la oficina en unos de esos días que se repiten tanto que si me lo ponen igual al día siguiente seguro que ni me doy cuenta. Hacía frío, un leve viento que acentuaba el gris de la tarde hasta hacerlo nacarado totalmente. Me agaché para abrir el candado de mi moto cuando se acercó un hombre que en mi vida había visto, aunque al mirarlo fue como reconocer algo cotidiano, alguien a quien toda la vida has estado tratando.

No abrió boca, pero me lo dijo bien claro: toma, te regalo otra vida. Y se fue.
Al principio no lo entendí bien, no casaba la realidad con la situación, pero poco a poco fui viendo que algo había cambiado.

En los días posteriores al encuentro noté como al lado de mi rutina habitual nacía una nueva realidad donde yo era el mismo, donde todas las características de mi vida eran exactamente iguales, pero al interactuar con ésta de diferente forma todo cogía un matiz diferente primero y otro color después. Al mismo tiempo me despertaba en un martes, pero vivía dos martes diferentes al decidir en uno ir en mi moto habitual y en el otro ir andando disfrutando de un paseo. A partir de ahí la evolución del día comenzaba a ser diferente, pues en un martes llegaba prontísimo como siempre al trabajo y volvía a cruzarme con la misma gente con las mismas conversaciones, y en cambio en el otro martes conseguía llegar tarde pues además de ir andando me encontraba quizás con un viejo amigo que hacía años que no veía. A partir de ahí el día se iba trazando de una forma muy diferente dependiendo de las decisiones que tomara.

Mientras en mi martes habitual me comportaba como se esperaba de mí, en el otro aprovechaba para ser otro yo que jamás me atrevería a ser ya que veía esta segunda vía como un regalo, como un jardín de pruebas. Poco a poco este segundo plano se convirtió en mi primera opción, se fue comiendo mi vida entera.

Entonces convivían en mí dos formas de afrontar la vida. En la primera por decirlo de alguna manera, en la de siempre, dejaba para más adelante todo, me relacionaba sin sorpresas, trabajaba duro sin resaltar, aceptaba cualquier inconveniente. Y en la segunda que me habían regalado aprovechaba para desinhibirme, para afrontar todos mis sueños, para conocer realmente a toda la gente que me importaba.

Enseguida mi segunda vida cambió al dejar mi trabajo y conseguir otro mejor. Como cobraba más me pude permitir un mejor piso. Como mi trato con el mundo mejoró empecé a rodearme de más gente, de personas más interesantes, y éstas me llevaron a tener una vida más completa, con más colores. Empecé a viajar más, a leer más libros, a comer mejor, a hacer todo aquel deporte que mi otra vida no me apetecía hacer, a salir más. Mi vida regalada comenzaba a ser una vida exitosa.

En contrapartida con mi nuevo yo quedé relegado a tener una vida más gris y sosa al mismo tiempo. Tenía que convivir entre el éxito más deseado y la desidia día a día, hora a hora. Cada vez me tenía más alejado de mí mismo y no veía solución para converger en uno solo.

Era viernes y había acabado de trabajar muy tarde aunque no sabía lo que había hecho. Al mismo tiempo que me ponía el casco, los guantes y el abrigo estaba con unos amigos en la cola de un cine. Me ví sin mirar desde mis ojos tristes de mi vida de siempre sin expectativas, sin sueños. Entonces arranqué la moto y circulé por las calles que me habían aguantado estas dos vidas. Pasé por delante del cine y me vi riendo, me vi feliz, me vi como había querido ser y como había conseguido serlo.

Alcancé una velocidad considerable y al ponerse el siguiente semáforo en rojo cerré los ojos llevándome conmigo una última imagen de mí mismo feliz.

martes, 4 de noviembre de 2008

Has venido

Has venido.
Sí, no me preguntes por qué, porque ni yo lo sé.
Quizás es porque tenías ganas de verme.
No quiero empezar mal.
Entonces ¿quieres empezar bien?
Tampoco he dicho que quiera empezar bien, simplemente no me preguntes qué hago aquí.
Te lo respondo yo: tienes ganas de verme.

Si las tuviera, te lo hubiera dicho, ¿no crees?
No sé, creo que no te conozco.
Entonces ¿por qué has venido tú?
Para eso, para conocerte.
Ni siquiera yo me conozco. Fíjate: no sé qué hago aquí.
Te lo he dicho: tenías ganas de verme.
Y yo te lo he dicho: no tientes a la suerte.
Está bien; el hecho es que has venido.
Sí, pero creo que me voy a ir.
Pero ¡si acabas de llegar!
Pero no sé que hago aquí, no sé por qué he venido y no entiendo por qué no lo entiendes.
¡No entiendo nada!
Es lo que te he dicho.
¿El qué?
Que no me entiendes.
No, no te conozco.
Quizás si me conocieras me entenderías.
Si te conociera y si te entendiera seguramente tendrías ganas de verme.
Si me conocieras y me entendieras, y al mismo tiempo si te conociera y te entendiera.
Todo es empezar.
Todo es acabar.

domingo, 26 de octubre de 2008

La antesala del miedo

Llamo al ascensor. Lo he pensado más de lo que creía que era necesario, pero teniendo en cuenta que va a ser la primera vez es normal me digo a mí mismo. No estoy nervioso, estoy decidido. Cómo tarda pienso, si solo son dos pisos. De todas formas tendría que haberlos subido andando, pero no quiero dejar nada para la improvisación.

Llega, entro y aprieto el botón del segundo piso. No sé a qué atenerme: si a un frío metálico o al calor próximo al desenlace que tanto he ansiado. Casi que me decanto por el ardor de la sangre, antesala de esa mirada con que presumiblemente me mirará antes de morir.


Llego, toco el timbre. Unos segundos más tarde me dan permiso para entrar como tantos otros días. Solo que hoy nadie sabe lo que vengo a hacer. Todo el mundo actúa con una normalidad lógica pero insultante para mí: ¿cómo pueden ir y venir sin darse cuenta de lo crucial del momento?

Como un fantasma que ni arrastra los pies me veo justo en la puerta de su despacho, plantado y esperando a que se gire. Pero no lo hace y me veo obligado a llamarle por su nombre, con una voz despertándose de varias horas de premeditación.

Se gira; sus ojos son mezcla de sorpresa, ingenuidad y ignorancia que se transforman en miedo al sacar la pistola que tenía escondida en la chaqueta. Ese es el miedo que quería ver en su cara y, por un instante veo satisfechas mis expectativas. Pero instantes después me embarga un sentimiento de inutilidad; una chispa racional cruza de lado a lado de mi cerebro logrando una visión de las consecuencias de mis actos.

Esa misma chispa autómata hace que apriete el gatillo y sale una bala que llega encima de esos ojos inundados en lágrimas de miedo. Todo es sangre, todo se pinta de un rojo entusiasmado y yo me quedo quieto, gris,
muerto.

¿Qué he hecho?